El informe conjunto Calor extremo y agricultura, publicado recientemente por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), lanza una clara advertencia: el calor extremo ya no es simplemente una preocupación ambiental. Se está convirtiendo rápidamente en uno de los desafíos decisivos para la agricultura mundial y la seguridad alimentaria.
Las implicaciones van mucho más allá de las explotaciones agrícolas. Según el informe, más de 1.230 millones de personas en todo el mundo dependen de la agricultura para su sustento. A medida que las temperaturas continúan aumentando y las olas de calor se vuelven más frecuentes, más duraderas y más intensas, los riesgos que plantea el calor extremo amenazan cada vez más no solo la producción agrícola, sino también los ingresos rurales, la disponibilidad de alimentos y la estabilidad económica.
La agricultura está entrando en una nueva era de calor
El calentamiento global ya no es un escenario futuro. Según el informe, los últimos once años han sido los más cálidos registrados. El calentamiento inducido por la actividad humana ya ha alcanzado aproximadamente 1,22 °C por encima de los niveles preindustriales, y actualmente existe una probabilidad del 70 % de que las temperaturas medias globales durante el período 2025-2029 superen el umbral de 1,5 °C.
Para la agricultura, este cambio representa una transformación fundamental en las condiciones operativas. Los sistemas agrícolas se han desarrollado históricamente bajo patrones climáticos relativamente estables, lo que permitió a los productores confiar en temporadas de cultivo predecibles, ciclos de producción establecidos y conocimientos locales acumulados. A medida que el calor extremo se vuelve más común, esa estabilidad ya no puede darse por sentada.
Lo que antes se consideraba un fenómeno meteorológico extremo se está convirtiendo gradualmente en parte de la nueva línea de base climática. La agricultura no solo está experimentando más olas de calor: está entrando en una nueva era de calor, en la que las temperaturas elevadas influyen cada vez más en los resultados de la producción.
El calor extremo está desafiando la estabilidad agrícola
El calentamiento global ya no es un escenario futuro. Según el informe, los últimos once años han sido los más cálidos registrados. El calentamiento inducido por la actividad humana ya ha alcanzado aproximadamente 1,22 °C por encima de los niveles preindustriales, y actualmente existe una probabilidad del 70 % de que las temperaturas medias globales durante el período 2025-2029 superen el umbral de 1,5 °C.
Para la agricultura, este cambio representa una transformación fundamental en las condiciones operativas. Los sistemas agrícolas se han desarrollado históricamente bajo patrones climáticos relativamente estables, lo que permitió a los productores confiar en temporadas de cultivo predecibles, ciclos de producción establecidos y conocimientos locales acumulados. A medida que el calor extremo se vuelve más común, esa estabilidad ya no puede darse por sentada.
Lo que antes se consideraba un fenómeno meteorológico extremo se está convirtiendo gradualmente en parte de la nueva línea de base climática. La agricultura no solo está experimentando más olas de calor: está entrando en una nueva era de calor, en la que las temperaturas elevadas influyen cada vez más en los resultados de la producción.
El calor extremo está desafiando la estabilidad agrícola
La importancia del calor extremo no radica únicamente en su intensidad, sino también en su capacidad para socavar la estabilidad de la producción agrícola. La agricultura depende de procesos biológicos que funcionan dentro de rangos de temperatura relativamente estrechos. Una vez que se superan estos límites, los sistemas de producción comienzan a perder eficiencia y resiliencia.
El informe destaca que los rendimientos mundiales del maíz disminuyen aproximadamente un 7,5 % y los del trigo alrededor de un 6 % por cada aumento de 1 °C en la temperatura. Las proyecciones futuras sugieren que los principales cultivos podrían experimentar descensos adicionales de rendimiento de hasta un 10 % por cada grado adicional de calentamiento.
El estrés térmico puede acortar las temporadas de cultivo, alterar la floración y la polinización, reducir el llenado del grano y disminuir tanto los rendimientos como la calidad del producto. Incluso breves períodos de calor extremo durante etapas sensibles del crecimiento pueden provocar pérdidas irreversibles.
El mismo patrón puede observarse en la ganadería y la pesca. El estrés térmico reduce la ingesta de alimento, la productividad y el rendimiento reproductivo del ganado. En los ecosistemas marinos, el aumento de la temperatura de los océanos está obligando a las poblaciones de peces a migrar hacia aguas más frías, mientras que las olas de calor marinas ya han contribuido a repetidos episodios de mortalidad masiva en los sistemas acuáticos.
Por lo tanto, el desafío va más allá de la reducción de los rendimientos. El calor extremo está debilitando la previsibilidad de la que dependen la planificación, la inversión y la gestión agrícolas. La estabilidad, uno de los activos más valiosos de la agricultura, se está volviendo cada vez más difícil de mantener.
La verdadera amenaza es la amplificación del riesgo
Si la disminución de la estabilidad es la primera consecuencia del calor extremo, la amplificación del riesgo puede ser la más peligrosa.
Una de las conclusiones centrales del informe es que el calor extremo rara vez actúa de forma aislada. En cambio, a menudo interactúa con sequías, escasez de agua, incendios forestales, plagas y enfermedades, creando lo que los investigadores describen como riesgos compuestos.
Un ejemplo claro es la relación entre el calor y la sequía. El calor extremo acelera la pérdida de humedad del suelo y aumenta la demanda evaporativa, intensificando las condiciones de sequía. Al mismo tiempo, los suelos secos reducen la capacidad de la tierra para disipar el calor mediante la evaporación, lo que permite que las temperaturas aumenten aún más. El resultado es un ciclo que se refuerza a sí mismo, en el que el calor y la sequía se amplifican mutuamente.
La investigación citada en el informe muestra que las pérdidas de rendimiento asociadas con eventos compuestos de calor y sequía pueden alcanzar casi el 25 %, en comparación con aproximadamente el 9 % provocado únicamente por el estrés térmico. En otras palabras, la combinación de amenazas puede generar impactos casi tres veces mayores que los de un solo factor de estrés.
Si la disminución de la estabilidad es la primera consecuencia del calor extremo, la amplificación del riesgo puede ser la más peligrosa.
Una de las conclusiones centrales del informe es que el calor extremo rara vez actúa de forma aislada. En cambio, a menudo interactúa con sequías, escasez de agua, incendios forestales, plagas y enfermedades, creando lo que los investigadores describen como riesgos compuestos.
Un ejemplo claro es la relación entre el calor y la sequía. El calor extremo acelera la pérdida de humedad del suelo y aumenta la demanda evaporativa, intensificando las condiciones de sequía. Al mismo tiempo, los suelos secos reducen la capacidad de la tierra para disipar el calor mediante la evaporación, lo que permite que las temperaturas aumenten aún más. El resultado es un ciclo que se refuerza a sí mismo, en el que el calor y la sequía se amplifican mutuamente.
La investigación citada en el informe muestra que las pérdidas de rendimiento asociadas con eventos compuestos de calor y sequía pueden alcanzar casi el 25 %, en comparación con aproximadamente el 9 % provocado únicamente por el estrés térmico. En otras palabras, la combinación de amenazas puede generar impactos casi tres veces mayores que los de un solo factor de estrés.
Se pueden observar interacciones similares en los brotes de plagas, la presión de enfermedades y la ocurrencia de incendios forestales. El aumento de las temperaturas puede crear condiciones favorables para determinadas plagas y patógenos, al tiempo que incrementa la sequedad de la vegetación y el riesgo de incendios. Estos impactos interconectados pueden extenderse simultáneamente a múltiples sectores agrícolas.
Este cambio es significativo porque los riesgos agrícolas ya no aumentan de forma lineal. En cambio, múltiples amenazas relacionadas con el clima están cada vez más interconectadas, lo que hace que los resultados sean más difíciles de predecir y gestionar.
La resiliencia se está convirtiendo en la capacidad más importante de la agricultura
A medida que los riesgos climáticos se vuelven más complejos, las prioridades del desarrollo agrícola están empezando a cambiar.
Durante décadas, el progreso agrícola se midió principalmente por el crecimiento de la productividad. Mayores rendimientos, mayor eficiencia y volúmenes de producción más grandes se consideraban los principales indicadores de éxito. Si bien la productividad sigue siendo esencial, la capacidad de resistir y recuperarse de los impactos climáticos se está volviendo igualmente importante.
Este cambio es significativo porque los riesgos agrícolas ya no aumentan de forma lineal. En cambio, múltiples amenazas relacionadas con el clima están cada vez más interconectadas, lo que hace que los resultados sean más difíciles de predecir y gestionar.
La resiliencia se está convirtiendo en la capacidad más importante de la agricultura
A medida que los riesgos climáticos se vuelven más complejos, las prioridades del desarrollo agrícola están empezando a cambiar.
Durante décadas, el progreso agrícola se midió principalmente por el crecimiento de la productividad. Mayores rendimientos, mayor eficiencia y volúmenes de producción más grandes se consideraban los principales indicadores de éxito. Si bien la productividad sigue siendo esencial, la capacidad de resistir y recuperarse de los impactos climáticos se está volviendo igualmente importante.
A medida que los riesgos climáticos se vuelven más complejos, las prioridades del desarrollo agrícola están empezando a cambiar.
Durante décadas, el progreso agrícola se midió principalmente por el crecimiento de la productividad. Mayores rendimientos, mayor eficiencia y volúmenes de producción más grandes se consideraban los principales indicadores de éxito. Si bien la productividad sigue siendo esencial, la capacidad de resistir y recuperarse de los impactos climáticos se está volviendo igualmente importante.
El informe identifica una serie de medidas de adaptación, entre ellas variedades de cultivos tolerantes al calor, sistemas de riego mejorados, prácticas de gestión agrícola basadas en información climática, instalaciones ganaderas mejoradas y sistemas de alerta temprana más sólidos. Las tecnologías digitales y las herramientas de inteligencia climática también están creando nuevas oportunidades para anticipar y responder a los riesgos emergentes.
Sin embargo, la adaptación no debe considerarse simplemente como un conjunto de soluciones técnicas. En esencia, la adaptación tiene que ver con la resiliencia: la capacidad de los sistemas agrícolas para seguir funcionando bajo presión, absorber impactos y recuperarse de las perturbaciones.
Los riesgos económicos son considerables. En un escenario de altas emisiones, casi la mitad del ganado bovino del mundo podría estar expuesto a condiciones de calor peligrosas para 2100. El informe estima que las pérdidas anuales solo en la producción de carne y leche bovina podrían acercarse a los 40.000 millones de dólares estadounidenses. En cambio, una trayectoria de bajas emisiones podría reducir estas pérdidas en casi dos tercios.
En un futuro caracterizado por una incertidumbre cada vez mayor, la resiliencia puede convertirse en el factor decisivo que separe los sistemas agrícolas exitosos de los vulnerables.
Mirando hacia el futuro
El mensaje del informe de la FAO y la OMM es, en última instancia, claro: el calor extremo está cambiando las reglas de la agricultura.
El desafío que enfrenta la agricultura ya no se limita a producir más alimentos. Cada vez se trata más de mantener una producción fiable en condiciones más calurosas, más volátiles y más inciertas que las experimentadas en el pasado. A medida que se intensifican las presiones climáticas, la capacidad de gestionar el riesgo y mantener la estabilidad será tan importante como la capacidad de aumentar la producción.
En esta nueva realidad, la resiliencia ya no es un objetivo complementario. Se está convirtiendo en una necesidad estratégica. El futuro de la agricultura dependerá no solo de cuántos alimentos se puedan producir, sino también de la eficacia con la que los sistemas agrícolas puedan adaptarse a un clima cambiante y seguir garantizando la seguridad alimentaria en una era de calor extremo.
Para los gobiernos, las empresas y los actores del sector agrícola por igual, el desafío es claro: el futuro de la agricultura estará determinado no solo por la productividad, sino también por la resiliencia.
El desafío que enfrenta la agricultura ya no se limita a producir más alimentos. Cada vez se trata más de mantener una producción fiable en condiciones más calurosas, más volátiles y más inciertas que las experimentadas en el pasado. A medida que se intensifican las presiones climáticas, la capacidad de gestionar el riesgo y mantener la estabilidad será tan importante como la capacidad de aumentar la producción.
En esta nueva realidad, la resiliencia ya no es un objetivo complementario. Se está convirtiendo en una necesidad estratégica. El futuro de la agricultura dependerá no solo de cuántos alimentos se puedan producir, sino también de la eficacia con la que los sistemas agrícolas puedan adaptarse a un clima cambiante y seguir garantizando la seguridad alimentaria en una era de calor extremo.
Para los gobiernos, las empresas y los actores del sector agrícola por igual, el desafío es claro: el futuro de la agricultura estará determinado no solo por la productividad, sino también por la resiliencia.


















